Es para mí una inmensa satisfacción recibir el Premio Concordia de Carta Mediterránea en Córdoba, junto a mi buen amigo André Azoulay, y quiero agradecer sinceramente este galardón porque lo otorga una organización de carácter civil, comprometida con la integración regional y el desarrollo de las sociedades del Mediterráneo; organización que busca a través del diálogo permanente y del trabajo en común fomentar las relaciones entre los pueblos para propiciar su desarrollo político, social, cultural y económico, mediante la cooperación y la promoción de la cultura de la paz y el respeto a los Derechos Humanos.
Este premio me colma de alegría y de responsabilidad por muy diversos razones y, fundamentalmente, porque me exigirá más dedicación y compromiso con la región y con sus sociedades civiles; porque se entrega en Córdoba, mi tierra de elección política y del imaginario de la paz, la tolerancia y la concordia; porque lo recibo junto a un buen amigo y compañero en las tareas de pacificar, cohesionar e impulsar el progreso en el Mediterráneo y promotor de la Alianza de Civilizaciones; porque me estimula en mi tarea de promover el diálogo político y diplomático y la concertación efectiva; y porque me vincula nuevamente a esta organización.
Carta Mediterránea, como organización de sociedad civil, tuvo su germen en la Exposición Universal de Sevilla-92 y se inscribe en los ámbitos del conocimiento y del activismo ciudadano, lo que favorece la calidad de los debates de los organismos multilaterales, la creación de redes, así como la promoción de principios, valores e ideas con los que se nutre e identifica la incipiente sociedad civil global.
Tuve la satisfacción de colaborar en crear este marco de cooperación ciudadana e intercultural en 1993, apoyando la reunión de Toledo que sentó las bases del acuerdo para redactar la Carta Mediterránea. Córdoba albergó una de las reuniones para su elaboración definitiva, que concluyó en la Convención de Madrid de 1997, a la que se adhirieron cerca de 300 personas de 44 nacionalidades, vinculadas al mundo económico, cultural, académico, diplomático, político e investigador.
Las organizaciones civiles y las instituciones regionales han reforzado la estructura del multilateralismo, al tiempo que han acentuado la percepción de la diversidad y la complejidad de los procesos de desarrollo, y la sensibilidad hacia la riqueza cultural del mundo. Como interlocutores representativos e influyentes, las organizaciones de la sociedad civil han de asumir paulatinamente su cuota de responsabilidad en las transformaciones de un mundo en permanente cambio; un mundo global, incierto e interdependiente.
Me llena de satisfacción recibir el Premio Concordia de Cartamed en esta ciudad milenaria, desde la conciencia de que es aquí donde se delimita la razón y las creencias de la mano de humanistas como Averroes y Maimónides en un clima de armonía. Córdoba puede y debe actualizar el legado multicultural del entendimiento; puede y debe favorecer el diálogo comprometido y constructivo y la concertación eficaz que despeja el camino a un mundo más justo y más humano, a la medida de las mujeres y hombres del siglo XXI.
Si el siglo XX fue el siglo de las mujeres, el siglo XXI será el siglo de la ciudadanía, el de los Derechos Humanos, porque los ciudadanos no son anónimos sino que asumen el protagonismo del cambio en la gobernanza global desde lo local. Reafirman sus derechos y libertades, y acogen nuevos deberes en la defensa de la paz y la concordia. Somos los impulsores del tránsito de una cultura de la imposición y de la fuerza a una cultura del diálogo y del entendimiento, porque “no hay caminos para la paz; la paz es el camino”, como señaló Gandhi, y porque la ciudadanía sustenta la legitimidad de la Comunidad Internacional y la promoción de los valores democráticos.
El silencio, el miedo y la sumisión son contrarios a la democracia que, por imperativo ético, debe levantar su voz por la justicia social, la paz y la concordia, como recoge la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz de Naciones Unidas (1999). En él se señala que “la sociedad civil debe comprometerse plenamente en el desarrollo total de una cultura de paz”, donde desempeñan una función ineludible la familia, los educadores, la política, el periodismo, los intelectuales, los religiosos, los creadores y el conjunto de la sociedad civil y sus organizaciones.
Estamos inaugurando una fase histórica fundamentada en la interdependencia global, en la diversidad cultural y en la corresponsabilidad universal; fase que se sustenta en el diálogo, el conocimiento y la concordia, entendida ésta como la búsqueda del acuerdo y del pacto por la armonía. Podemos y debemos trabajar para crear una nueva política, más honesta y transparente, para que los mercados no dicten los ideales ciudadanos y la política. Tenemos los instrumentos, aunque muchos de ellos están en fase de transformación y de adecuación a las nuevas realidades, y debemos consolidar otros nuevos como la Alianza de Civilizaciones.
Para finalizar, quiero reiterar mi enhorabuena a André Azoulay, agradecer a la Diputación su implicación en la convocatoria de este acto y a la junta directiva de Carta Mediterránea la concesión del Premio Concordia y el haber programado su entrega en Córdoba, porque esta tierra está llamada a desempeñar un importante papel en la aportación de recursos intelectuales para avanzar en un mundo más justo y armónico.
La actualización del modelo cordobés a los procesos de globalización del siglo XXI pasa por potenciar la convivencia frente a la coexistencia, porque convivir es compartir el futuro, y podemos convivir, podemos compartir y podemos soñar juntos.